Algo pasa adentro, en el cuerpo, profundo, en el pecho. Estás paralizado de alguna extraña manera. Duele. Duele eso que falta, esa que no responde, que se fue o que parece que ya no le importás, a pesar de que vos no podés respirar fácilmente si no te da alguna señal.
Duele en los huesos aquel o aquella que no está; su sombra se yergue sobre tu día y, de noche, se hace más oscura. Te abraza, te envuelve como una sábana más, una sábana negra tejida de miedo, de incertidumbre, no de estrellas, sí, de agujeros negros. Porque esa persona quizá está con otro o, peor, no está en ningún lado, y ya no estará, al menos no de la manera en que estaba antes, cuando vivía. Te falta la que se fue o el que ya no existe. Duele. Cualquier duelo duele.
Una traición duele; es el duelo de la confianza, de la esperanza, de la empatía. Ahora la misión imposible parece ser tratar de evitarlo. Salir a caminar, quizá hacer algo de gimnasio, ver una serie, ir a la casa de un viejo amigo y charlar de cualquier cosa, arreglar el departamento, regar las plantas, sexo ocasional o, -si la tenes- con la pareja, ir de compras, beber o drogas. Arrojarse a la industria del escape.
Hoy escuché esa frase nacida de un video de YouTube: la industria del escape. Era una entrevista a un psicoanalista de moda, de esos que pululan de podcast en podcast. Me gustó. Es de esos que van contra corriente, que no hablan de fórmulas ni de sofisticadas formas de negación del dolor. Es de los que te dicen lo difícil, lo obvio. Parece increíble que resulte novedoso y extraño escuchar a alguien proponer enfrentar el dolor en vez de evadirlo.
Extraño, pero no tanto. La moda del pensamiento positivo te vende evadirlo elegantemente mirando hacia otro lado. Y de eso se trata la industria del escape: de monetizar todo discurso o entretenimiento que casi siempre es sinónimo de no querer mirar al querido dolor, en vez de mirarlo al rostro y preguntarle qué tiene que decirnos, y en ese acto comprenderlo, elaborarlo y así sanarlo lentamente. Ocuparse de él, en vez de meterlo bajo la alfombra.
Hay información ahí, siempre una señal importante a seguir: la señalética del alma. Curva peligrosa, calle cerrada, no pasar. Señales que danzan en el pecho y que no queremos mirar. Y así, como en una ruta, en una noche oscura, con un auto a toda velocidad, vamos directo —por más que haya buena música a todo volumen— directo al desastre.






